Tres pequeños dardos en la palabra del legislador

Recuerdo haber leído que Fundéu (la Fundación del Español Urgente) hace unos cuantos años –y para estas materias unos años sería como decir ayer- sacó una nota de prensa para divulgar que el hablante medio utilizaba entre 500 y 1.000 palabras y que los jóvenes aún eran más parcos en esto de la riqueza del vocabulario, llegando a emplear de forma cotidiana tan solo unas 300.

Habiendo acogido este estudio con poca credibilidad por mi parte, en parte por una falacia de disponibilidad dado que en mi entorno más próximo no tengo acceso a jóvenes hablantes con escasos estudios y, en parte, por el hecho de que haber practicado otro idioma distinto del castellano me ha hecho comprender que con apenas ochocientas palabras uno se gobierna bastante mal para tratar con un colega que hable la lengua de Shakespeare; lo cierto es que en estas cosas de la riqueza semántica, la cultura general o la ortografía, todos decimos ir bien servidos.

Así que adoptamos cierto desdén cuando vemos en los otros como determinado conocimiento asentado firmemente en nosotros sale a relucir porque un tercero ha puesto en evidencia un error que no se nos ocurriría cometer. Así, nos hace cierto daño ver escrito “absorver” o “inflacción” cuando realmente esto sucede, pues asumimos que nuestro patrón (en este caso léxico) es el que comúnmente debería de exigírsele a cualquiera que pueda presumir de contar con cierta cultura. No obstante, todos somos falibles, y de vez en cuando surgen las dudas que quizá no estaríamos dispuestos a reconocer ante terceros ¿está bien puesta la hache intercalada en “deshauciar”?

Si estamos dispuestos a comprender y admitir en los demás como en uno mismo el desconocimiento, aunque este roce lo inexplicable y el lapsus del desconocimiento momentáneo (¿cómo se llamaba el actor que protagoniza la inefable Pretty Woman que ahora no me sale?), con tal de no renunciar a la mejora continua, entonces estaremos adoptando la actitud correcta. No obstante, nuestros niveles de exigencia tienen que aumentar cuando es el legislador el que incurre en el error lingüístico y además este se produce de forma notoriamente repetitiva.

En estos casos procede la denuncia seguro que con el fin pretendido por otros colegas juristas, como don Esaú Alarcón al que he podido leer muchas veces en un blog similar a este, de corregir y de incrementar nuestro conocimiento léxico, porque de la pobreza del vocabulario a la escasez de ideas tan solo van unos pasos. Obviamente, tratándose de asuntos normativos los errores repetidos varias veces, son pocos, lo cual no quita para que sea mi propósito indicar que alguno de ellos bien podría intentar corregirse. Les presento a continuación tres errores gramaticales frecuentes del legislador que nos han invadido a todos y que amenazan con ocupar un sitio en el diccionario.

1. Dice así el último inciso del apartado 2 del artículo 18 de la Ley 27/2014 de 27 de noviembre del Impuesto sobre sociedades:

“Existe grupo cuando una entidad ostente o pueda ostentar el control de otra u otras según los criterios establecidos en el artículo 42 del Código de Comercio, con independencia de su residencia y de la obligación de formular cuentas anuales consolidadas.”

Se dice de ostentar en el Diccionario panhispánico de dudas de la RAE que es “Llevar [algo] de modo que sea bien visible” y que es impropio su empleo como mero equivalente de tener sin que esté presente la idea de relevancia u honor. Así que si una entidad tiene el control de otras de forma muy discreta no va a formar grupo con estas. Tomemos buena nota.

No me cabe duda de que en estos errores caemos cuando con cierta soberbia léxica hemos renunciado a emplear tener o poseer por parecernos estas palabras demasiado comunes. Por ese mismo motivo muchos emplean a su vez la palabra “detentar” como sinónimo de estas últimas, cuando, craso error, ello implica una forma de poseer con un matiz muy relevante, pues este supone que lo que se tiene se ha adquirido de forma ilegítima.

2. El apartado noveno del artículo 14 de la Ley 27/2014, de 27 de noviembre, del Impuesto sobre sociedades señala lo siguiente:

“Los gastos inherentes a los riesgos derivados de garantías de reparación y revisión, serán deducibles hasta el importe necesario para determinar un saldo de la provisión no superior al resultado de aplicar a las ventas con garantías vivas a la conclusión del período impositivo el porcentaje determinado por la proporción en que se hubieran hallado los gastos realizados para hacer frente a las garantías habidas en el período impositivo y en los dos anteriores en relación a las ventas con garantías realizadas en dichos períodos impositivos.”

La palabra “relación” forma con la preposición “con” un matrimonio perfecto para expresar “a propósito de”. Es tan perfecto el matrimonio que la preposición “con” puede ir antes o después de la palabra “relación” para decir “en relación con” o “con relación a”.

Sin embargo, la locución que ha prosperado es una suerte de mezcla de ambas que vale para excluir a la preposición “con” de esa estabilidad que muchos sueñan con tener en su vida sentimental. Sin embargo, al hablante medio no se le ocurrirá decir jamás, por ejemplo, que “mi relación a los vecinos es muy buena”. Si les pasa como a mí, seguro que muchos estarán hartos de ver “en relación a” en muchísimos textos legislativos.

3. Dice así el apartado 3 del artículo 506 de la Ley de Sociedades de Capital en su redacción actual:

“En el acuerdo de ampliación que se realice en base a la delegación de la junta el informe de los administradores y el informe del auditor de cuentas deberán estar referidos a cada ampliación concreta.”

A partir de la palabra “base” se forman diversas locuciones preposicionales como “a base de” o “sobre la base de”. De estas expresiones se derivó “con base en”, según indica el Diccionario panhispánico de dudas de esta última locución, que se empezó a emplear como expresión del lugar en el que se concentran instalaciones o equipos, generalmente militares, y que sirve de punto de partida para las distintas operaciones.

Posteriormente, en el primer tercio del siglo XX comenzó a usarse, en el lenguaje jurídico, con el sentido de “con apoyo o fundamento en”. Dice el citado Diccionario que “no hay razones lingüísticas para censurar su empleo en estos casos, pues la noción de “apoyo o fundamento” está presente en la palabra base, y las preposiciones con y en están bien utilizadas; no obstante, en el uso culto se prefieren otras fórmulas más tradicionales, como sobre la base de, en función de, basándose en, a partir de, de acuerdo con, según, etc. Sí es censurable la locución de sentido equivalente en base a, en la que las preposiciones en y a no están justificadas. Podría tratarse de un calco del italiano in base a, única lengua de nuestro entorno en la que se documenta —desde finales del siglo XIX— esta locución, ya que en inglés se dice on the basis of y en francés sur la base de.”

Tanto ha triunfado esta expresión que la encontramos hasta en la sopa. ¿Podremos evitar entre todos desterrar su uso poco a poco o ya será inevitable?

Sigan disfrutando del verano y sean piadosos con las faltas que uno comete cuando escribe. Sigo pensando que, vigilantes del continente, lo importante debe ser siempre el contenido.

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José Galtier Ferreira

jose.galtier@gmail.com

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Una respuesta a Tres pequeños dardos en la palabra del legislador

  1. Muchas gracias por la elogiosa mención y, ante todo, por la preocupación por el buen uso de la palabra. Este mes se ha publicado precisamente mi ‘dardo’ anual. Os remitiré el lino en septiembre. Sldos. Esaú

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