Rita y sus cosas

Aquellos que aspiramos a ganarnos la vida ejerciendo el asesoramiento fiscal debemos ser conscientes de que al otro lado de la mesa (coincido aquí -y en otras cosas- con mi apreciado Francisco de la Torre al no acertar a ubicar cuál de los dos es “el lado oscuro”) no sólo hay una pléyade de funcionarios de muy elevada cualificación técnica, sino que, además, también hay unas herramientas que, en esta orilla, no se prodigan tanto: el tiempo (hasta cuatro años para ellos; días o, en su caso, horas, para nosotros, obligados a atender las consultas de nuestros clientes en un tiempo récord, muchas veces cuando la norma aún no es más que un mero boceto), y… “Rita”.

“Rita” es el apodo o sobrenombre con el que en el argot se conoce cariñosamente al potentísimo sistema informático que gestiona y procesa la ingente cantidad de información manejada por la AEAT, una de las claves de su meritoria eficiencia, internacionalmente reconocida. Es obvio que en nuestra relación con “Rita” (por otro lado, nada pasional, aunque algunos de sus actos sí enciendan “pasiones”) hay dos planos de actuación: uno es el memorístico, la mera capacidad de almacenamiento de datos (legislación inclusive, que no es poco), donde, obviamente, llevamos todas las de perder pues mientras que nuestras neuronas son las que son, sus “chips” parecen tener una capacidad infinita; el otro es el racional y aquí, evidentemente, parece que partimos con ventaja pues mientras que nosotros pensamos, “Rita” no (o eso espero). No obstante, esta aparente ventaja nuestra en el ámbito de la capacidad de análisis y del raciocinio quizá tenga un punto débil: cuando “Rita” se empecina en algo, pese al sinsentido que ese algo pueda implicar, no siempre es fácil que nuestra argumentación intelectual sirva para convencerla y hacerle desistir de sus pretensiones, y es que la informática -como el fútbol- “es así”. Cabría, también, pensar que “Rita”, pese a sus “liftings”, ya tiene sus años y eso va dejando huella en su quehacer cotidiano. Sea como fuere, lo cierto es que no somos pocos los que, de un modo u otro, hemos comprobado el carácter de “Rita”.

Y para muestra un botón. Hace unos meses, como colofón de un procedimiento inspector, a un contribuyente se le giraron varios acuerdos de liquidación (consecuencia de las previas actas de disconformidad) relativos al Impuesto sobre Sociedades (IS), siendo así que en uno de ellos (ejercicio 1) se le minora sensiblemente la base imponible negativa (BIN) en su día autoliquidada, si bien la devolución del IS abonada se considera ortodoxa. El contribuyente impugna la liquidación, y acepta la sanción (cuantitativamente irrisoria) que se le había impuesto sobre algunas de las partidas no admitidas como gasto. En otro ejercicio (el 2), la AEAT exige el pago de una pequeña cuota en concepto de IS (cuando en su día la autoliquidación había resultado a devolver), actuación que fue impugnada y suspendida en la vía económico-administrativa; adicionalmente la sanción (ínfima) es también recurrida y, obviamente, suspendida, ésta ya por mandato legal.

La cuestión es que, tiempo después, la AEAT (o, más exactamente, “Rita”, pues no consta nadie -persona física- como firmante, prueba de que ella es no sólo autónoma sino, también, autosuficiente) notifica un Acuerdo mediante el que manifiesta su intención de proceder a la expulsión de este contribuyente del sistema de Cuenta Corriente Tributaria (CCT) “por haber presentado solicitudes de devolución derivadas de la normativa del tributo o autoliquidaciones a compensar que resulten total o parcialmente improcedentes y que hayan sido objeto de sanción, aunque ésta no sea firme en vía administrativa”.

Veamos, veamos, a ver cómo salimos de ésta:

-. El ejercicio 1 no caería en el supuesto previsto por el artículo 143.3.e) RD1065/2007 por cuanto que la devolución en su día solicitada fue considerada ortodoxa por la propia Inspección de la AEAT. La minoración de la BIN autoliquidada no es el presupuesto de hecho contemplado por la norma pues ésta habla de “autoliquidaciones a compensar” siendo así que el IS será a pagar o a devolver (o, caricatura, con resultado cero) pero nunca a compensar, por mucho que en él se hubiera declarado una BIN que nos habilite un crédito a consumir ya de futuro. No, las “autoliquidaciones a compensar” sólo pueden ser las del IVA, único tributo incluido en la CCT que puede conllevar ese resultado y, aquí, no ha sido el caso.

-. En lo que se refiere al ejercicio 2, es cierto que se autoliquidó como “a devolver”, y no es menos cierto que de la actuación de la AEAT se desprende un importe (ciertamente ridículo) a ingresar así como una sanción, luego -en principio- podría parecer que aquí la expulsión sería ortodoxa. Pero el Derecho (así, con mayúsculas) está lleno de matices, de conceptos, muchos de ellos interrelacionados, y es precisamente a esa “letra pequeña” donde a “Rita” le cuesta llegar. La autoliquidación de ese ejercicio 2 está impugnada y, además, suspendida, luego mientras dure esa suspensión difícilmente podremos afirmar que aquella devolución fue “improcedente” pues la presunción de veracidad/legalidad del acto impugnado también debe quedar afectada por la suspensión universal que opera sobre la actuación cuestionada (en este punto, este “post” entronca con el titulado “Que alguien ponga orden, por favor” de hace apenas unas semanas). Y lo mismo puede decirse de la sanción pues ésta no sólo no es firme -circunstancia que, no obstante, la propia normativa ya contempla como intrascendente para que opere la expulsión de la CCT- sino que, además, está suspendida por imperativo legal, al menos hasta que alcance la vía judicial que es donde la suspensión automática decaerá quedando a expensas de la decisión judicial al respecto (extremo éste merecedor, ya por sí solo, de otro “post”). Todo ello al margen, dicho sea de paso, de la aparente desproporción entre el supuesto de hecho que motiva la expulsión (el presunto reintegro indebido de una cuantía ínfima en concepto de IS) y el grave perjuicio financiero que causaría la expulsión de la CCT, amén de que ésta parecería tener cierto componente sancionador y, como tal, debería quedar asimismo suspendida por el mero hecho de ser recurrida.

¿Será posible hacer entrar en razón a “Rita” evitando, así, el vernos abocados a recurrir, saturando las instancias ulteriores (ya sean éstas las económico-administrativas o, incluso, las judiciales)? Espero y deseo que sí, pues confío en que una oportuna intervención “humana” (de cualquiera de los muy competentes funcionarios con los que cuenta la AEAT) detecte este aparente sinsentido y reponga la lógica de las cosas. Que así sea…

 

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Javier Gómez Taboada. Abogado tributarista

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4 respuestas a Rita y sus cosas

  1. Esaú dijo:

    Muy positivo te veo, Javier. Tu argumentación es plausible pero el resquicio donde ha urgado Rita tiene también su justificación, siquiera sea ésta formal…y, por ser malo, ya conocerás de donde le viene el nombrecito al fabuloso cacharro de Hacienda: de esa frasecilla producto de la etimología popular, que podría considerarse mutatis mutandis un buen lema de la Hacienda Pública:” Rita, rita, lo que se da no se quita”…Esaú

  2. Jose Angel dijo:

    Dios te oiga… te veo muy positivo Javier … si bien donde tu ves un rayo de esperanza, yo me imagino a Marco Tulio Cicerón diciendo “Quo usque tandem abutere, [...], patientia nostra?”… Ojalá tengas razón y enhorabuena por tu artículo.

  3. Asesorias dijo:

    Que asi sea, realmente el sistema tributario aun tiene muchas deficiencias, pero el Gobierno trata de mejorar ese aspecto, creo que debemos ayudarlo con nuestras opiniones a mejorar.

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