Permisos, licencias, autorizaciones…, ¿qué hay de la libertad?

Tras semanas enfrascado en la tediosa “campaña de la Renta”, y ahora ya en la del Impuesto sobre Sociedades, psicológicamente necesito levantar la cabeza y elevar la mirada por encima de estas cuitas tributarias para reflexionar sobre un asunto, más que extrafiscal, “parafiscal”.

La excusa perfecta me la proporciona la anécdota que viví hace apenas unos días, cuando, disfrutando de un domingo de asueto playero, me permití el placer de compartir con uno de mis hijos un rato en un “patín” de playa (también conocido como “pedaleta”).

La cuestión es que el encargado del “chiringuito” (en puridad, una sombrilla en pleno arenal, con una silla y una nevera portátil con algún refrigerio para sobrellevar mejor los rigores de la calima), antes de “botar” la embarcación, me pidió que firmara un documento (ver imagen adjunta), en el que, además de constar mi nombre, DNI y domicilio, declaro ser mayor de edad, saber nadar (al igual que mi vástago), y, además, me comprometo a “no subir más de 2 personas, a no molestar ni acercar(me) a los bañistas”, así como a “devolverlo a la hora convenida a su punto de origen (y) a cumplir todas las normas marítimas” (huelga señalar que este último punto era un puro acto de fe, pues desconozco todas y cada una de esas normas, ¡ya me llega con las tributarias!).

Este episodio, para mí del todo insólito, me animó a reflexionar sobre lo que, tras su mera y folclórica fachada, entraña: el empresario de los “patines”, conocedor de que desarrolla su actividad en un país donde todo es posible y, muy probablemente, habiendo tenido en el pasado alguna experiencia desagradable, decide curarse en salud y obligar a todo cliente a firmar un contrato (no otra cosa fue lo por mí suscrito) mediante el que aquél queda a cubierto de cualquier eventual contingencia; o, al menos, eso es lo que él debe de creer. Ergo la pregunta, aquí del todo obligada, es ¿tiene algo de normal un país que ha llegado a este extremo?

Ítem más; en un semanario dominical leo la siguiente experiencia relatada en primera persona por una exitosa empresaria hostelera: “Intenté hacer (…) algo que me parecía muy divertido: compré unas bicis en Holanda, preciosas. El plan era prestarlas para hacer picnics en el Retiro. Pero el acoso del Ayuntamiento fue tal que tuve que quitarlas. Funcionó mientras pude tenerlas. Mi pelea es siempre con la Administración. Creo que si (…) no hay iniciativas (…), es por la cantidad de trabas que pone aquí la Administración”.

Pero, con todo, lo más grave es que el lamento de esta empresaria, lejos de ser una excepción, parece ser la regla en cuanto a las trabas con las que la iniciativa privada se encuentra en nuestro país para llevar adelante cualquier tipo de idea: cuando no es la propia Administración en sentido estricto, lo es una normativa kafkiana, una presión fiscal desmedida, o alguien -el paradigma es un competidor que se siente “amenazado” en su zona de “confort”- que denuncia esa actividad como supuestamente lesiva para sus intereses.

Sea como fuere, la cuestión es siempre la misma: las trabas a la iniciativa empresarial privada, precisamente la genuina y única fuente generadora de empleo y de riqueza. Comparemos estas “patologías” patrias con la “praxis” de otras latitudes -digamos que hablo de Nueva Zelanda, país que no se caracteriza precisamente por su “bananerismo”-, donde se tarda medio día -sí, sí, apenas unas horas- en poner en marcha un negocio; y pongamos este dato en relación con que la “guía” editada por la propia AEAT para cubrir nuestro mítico modelo 037 tiene “solo” ¡¡¡453 páginas!!!-. Llegados a este punto, comprenderán que lo de la mítica “ventanilla única” ya ni tan siquiera sea merecedor de comentario alguno, más que nada por aquello de “cuéntalo tú, que a mí me da la risa…”.

Pero, ¡ojo!, no se me malinterprete: no estoy abogando por la ley de la “selva”, por el “todo vale” o el “sálvese quien pueda”. No. Pero tampoco por lo contrario, que es lo que hoy realmente tenemos: un país encorsetado, donde cualquier idea (por plausible que sea) se topará con todo tipo de trabas, burocracia, trámites, requisitos, … que hará desistir hasta al más persistente empresario. Es decir, orden sí, pero no hasta el punto de que éste sea elevado a una categoría tal que impida vivir, crear, pensar, desarrollar proyectos y, así (¡y solo así!), crecer y mejorar.

En este punto procede traer aquí a colación las acertadas palabras de Javier Gomá Lanzón: “Hoy el hombre común, el hombre de a pie, se halla siempre fuera de norma. Son tantas las leyes concurrentes y de origen tan diverso que es muy difícil, si no imposible, conocerlas y cumplirlas todas y ni la más escrupulosa de las conciencias puede evitar, siquiera por inadvertencia, contravenir algún artículo perdido de una de esas miles de disposiciones normativas vigentes. Toda clase de normas -circulares, ordenanzas, decretos, reglamentos, leyes ordinarias y orgánicas, directivas- y toda clase de fuentes -municipales, autonómicas, estatales, europeas, internacionales, multiplicadas con concejalías, consejerías, ministerios y agencias independientes- se entrecruzan y solapan en confuso y espeso entramado para caer como una plaga sobre el desavisado ciudadano.

Hacer en la propia casa una reforma o una fiesta con música y baile, encender un cigarrillo, comprar una botella de vino, tirar unas pilas a la basura, pasear el perro, ir a pescar o incluso, para quien se le antoje, torear desnudo en la dehesa a la luz de la Luna son comportamientos intensamente regulados por leyes urbanísticas, vecinales, viales, medioambientales y fiscales por razones todas ellas tan atendibles como agobiantes.

¿Y qué decir de las obligaciones tributarias, laborales, sanitarias o administrativas que gravitan sobre el contribuyente de toda condición, desde renovarse periódicamente el pasaporte hasta pasar la ITV del coche antiguo? Y si alguien, en un momento de trance, decide constituir una de esas pequeñas y medianas empresas, muchas veces familiares, que forman el tejido productivo de un país -una mercería, una carnicería, una consulta médica, una peluquería, un taller mecánico-, ha de estar dispuesto a adentrarse en una selva legislativa indomeñable que asfixia su bienintencionado propósito con el requisito de multitud de licencias previas y, una vez en funcionamiento dicha empresa, la vegetación exuberante de preceptos aplicables, si se propusiera observarlos todos al detalle, apenas le dejaría tiempo para ocuparse de las necesidades sustantivas del negocio.

Con la consecuencia, en fin, de que como el hombre tiene que vivir y las empresas que producir, aun los más legalistas de esos hombres y de esas empresas acaban incumpliendo alguna de esas infinitas regulaciones que lo reglamentan todo y, por consiguiente, en mayor o menor medida incurren en comportamientos punibles”.

Y es que, así, a bote pronto, se me ocurren varios aspectos normativos que nos atenazan en nuestra actividad cotidiana, en el sentido tan atinadamente denunciado por Gomá: protección de datos, cautelas antiblanqueo, manual de prevención de riesgos laborales, protocolo penal, “máster file” de operaciones vinculadas, etc.

Todos ellos, sin duda, con unas más que loables razones de ser que justifican su existencia, pero ¡basta, ya!, ¿no? Porque mientras nuestro maltrecho tejido productivo emplea tiempo y dinero (lo que quiere decir que, como ambos son particularmente finitos, deja de dedicarlos a otros fines intrínsecos a su negocio y, como tales, más productivos y rentables) en intentar cumplir con estas infinitas obligaciones, ¿se imaginan a qué se están dedicando los chinos?

Creo que en algún punto de la evolución hacia el desarrollo, España (y, probablemente, en cierto modo, también Europa, aunque nuestro país en estos temas “estériles” siempre tiende a ser un alumno aventajado y, en ocasiones, hasta dotado de un “papismo” extremo) descarriló y pasó a centrarse más en lo colateral, en lo accesorio, que en lo nuclear, en lo esencial. Y así, hasta ahora, en que el entramado normativo/institucional/burocrático ya es de tal calibre, y ha generado tales intereses, que a ver quién es el “guapo” que lo desmonta… Y todo esto, además, sin que ese intervencionismo público redunde en mejora alguna de la seguridad jurídica; tan es así que Españistán ya es el tercer país del mundo (por detrás solo de Argentina y Venezuela; ¡menudo pódium!) con más casos abiertos ante el organismo de arbitraje del Banco Mundial. Y sino, ahí está el culebrón fotovoltaico para dar fe de ello…

Además, lo cierto es que, quizá también en esta patología, Celtiberia ya cuente con cierta tradición, lo que provoca que la asfixiante normativa burocrática sea el hábitat natural en el que nos veamos abocados a sobrevivir. Prueba de ello es el inefable pasaje que mi bienquerido Enrique Giménez-Reyna compartió con todos los asistentes al XI Congreso Tributario: “En esta tierra mal gobernada las normas fiscales son tan ingeniosamente absurdas, complicadas e irritantes, que el comerciante honrado y amigo de la legalidad se ve tan incordiado en sus actividades como estimulado el que prefiere la ilegalidad (…); el azote fiscal conduce a violaciones del orden, perjuicios al comerciante honrado y pérdidas para el tesoro; los enormes beneficios tientan (…), desviándolos de las ocupaciones legítimas y haciéndoles holgazanes, ladrones y feroces, cuando bajo un sistema más inteligente habrían seguido siendo virtuosos y diligentes; es la maldición de España y de los españoles (…)” (“Manual para viajeros por Andalucía y lectores en casa”, de Richard Ford-, resultado de sus viajes por España entre 1830 y 1833).

Por todo ello, y por mucho más, creo llegado ya el momento de gritar: ¡libertad!

No te quedes con ninguna duda: consulta con tu gestor administrativo.

Busca el logo , garantía profesional.

SIGA

Javier Gómez Taboada. Abogado tributarista.

Socio de MAIO LEGAL

Esta entrada fue publicada en General y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

9 respuestas a Permisos, licencias, autorizaciones…, ¿qué hay de la libertad?

  1. José Galtier dijo:

    Don Javier, enhorabuena por sus observaciones. Me pregunto si estas son compartidas por la mayoría de sus conciudadanos. Vean el siguiente enlace:
    http://www.fbbva.es/TLFU/dat/Presentacionvalues.pdf
    Cito brevemente algunas conclusiones:
    Página 27: Casi un 75% de los españoles considera que el Estado (y no los individuos) debe tener la responsabilidad principal a la hora de asegurar un nivel de vida digno a los ciudadanos.
    Página 30: La economía de mercado es causa de las desigualdades sociales
    Página 31: Los ingresos deben ser más equilibrados aunque ello signifique igualar a las personas que se esfuerzan menos con las que se esfuerzan más
    Tenemos lo que queremos.

  2. Muchas gracias, Don José, por sus desmedidas loas y, sobre todo, por el muy interesante documento que aporta y que, efectivamente, viene a explicar el porqué de muchas cosas.
    Un afectuoso saludo.

  3. Ignacio Arráez dijo:

    Muy entretenido Javier. Y muy cierto.

    Por cierto, lo que tú llamas patín de playa, en Valencia le llamamos “pedaló”, que suena más auténtico

    Abrazo

Responder a Javier Gómez Taboada Cancelar respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>