Defraudar

A Iván, Loló, Rebeca, Silvia y Miriam. A todos, por todo.

Hoy me encuentro algo melancólico (que no triste, pues no es -necesariamente- lo mismo), y este estado de ánimo lo achaco a la reciente lectura de un artículo que me ha hecho rememorar mi etapa universitaria. Fue allí, en la Facultad de Derecho de Salamanca, donde adquirí los mimbres con los que, con el tiempo (y, ¡porqué negarlo!, también con algo de esfuerzo), se fue forjando mi actual formación jurídica que, obvio es decirlo, demanda un día sí y otro también el estudio y el aprendizaje continuo, pues lo contrario aboca a perderlo todo (ya sea esto mucho o poco) por anquilosamiento y falta de uso.

La cuestión, como decía, es que acabo de leer un artículo, uno reciente de Juan Manuel de Prada, escritor hoy afamado con el que entablé amistad durante mi última etapa en el Colegio Mayor, cuando él compaginaba meritoriamente sus estudios de Derecho con sus primeros (pero ya exitosos) pasos en el mundo literario. Y es que, aunque nos separan varios años (él es más joven que yo), ello no fue óbice para que aquella convivencia universitaria nos permitiera sintonizar, siendo así que no fueron pocas las vivencias que tuvimos ocasión de compartir durante “aquellos maravillosos años”. Luego, la vida -y sus insondables vericuetos- nos ha llevado por caminos diferentes y hemos perdido la relación, pero -quizá, precisamente por ello, con la inconsciente intención de mantener un virtual cordón umbilical- soy un lector habitual de sus artículos (no tanto de sus novelas) que, como el que ahora comento, además, me sirven para rememorar aquella etapa juvenil.

En el artículo de marras, bajo el título “Esclavitud”, de Prada desgrana cuáles son, en su opinión, las claves de las actuales relaciones laborales y, más en concreto, las condiciones en las que los trabajadores desempeñan su trabajo en las difíciles circunstancias que nos toca vivir. Y, así, en un hiperbólico símil con la situación de los esclavos en Roma, concluye señalando “que los amos de antaño vivían a todo trapo, ignorantes de la lacería de sus esclavos, a los que torturaban a mansalva; pero decir eso en un país en el que, a la vez que se adelgazan los sueldos, las grandes empresas defraudan 250.000 millones de euros anuales es, en verdad, un chiste indecoroso”. Obviamente, en lo que aquí interesa, es ese dato que de Prada aporta como cierre de su tribuna semanal el que merece mi atención pues, más allá de que ni el tono ni la dimensión de su artículo le permiten más detalle sobre ese particular, sí que creo que debe ser objeto de algo precisión en un foro como éste.

Y es que son numerosas las ocasiones en las que me topo con personas (algunas de elevada formación intelectual, como el propio de Prada) que pueden llegar a interpretar mi trabajo, el de asesor fiscal, como un apoyo a aquellos contribuyentes que, lejos de estar dispuestos a afrontar sus obligaciones tributarias, se caracterizarían por coquetear con el fraude cuando no fueran, ya abiertamente, unos defraudadores natos. Este es, obviamente, el extremo que el artículo de de Prada me invita a abordar pues creo que en España, con harta frecuencia, es este un territorio -el del fraude tributario- donde la terminología se usa con cierta ligereza.

Empecemos, pues, por el principio, y para ello nada mejor que echar mano del Diccionario de la Real Academia (DRAE) que nos da tres acepciones de fraude, de las que, ahora, nos interesan las dos primeras:

1.- “Acción contraria a la verdad y a la rectitud que perjudica a la persona contra quien se comete”.

2.- “Acto tendente a eludir una disposición legal en perjuicio del Estado o de terceros”.

El verbo “defraudar”, por su parte, nos aporta algo más de luz sobre el sentido último del término, siendo la primera y tercera acepción de las aportadas por el DRAE las que ahora aquí tienen relevancia:

1.- “Privar a alguien, con abuso de su confianza o con infidelidad a las obligaciones propias, de lo que le toca de derecho”.

3.- “Eludir o burlar el pago de los impuestos o contribuciones”.

Y es la equiparación que se hace entre “eludir” y “burlar” la que, en mi opinión, da la clave del asunto aquí objeto de análisis, pues “burlar” es sinónimo de “engañar” cuyo significado, a su vez, es “dar a la mentira apariencia de verdad” e “inducir a alguien a tener por cierto lo que no lo es, valiéndose de palabras o de obras aparentes y fingidas”. Es decir, y aquí es donde quería llegar: el fraude (ya sea el tributario o el de otra índole), para ser considerado tal, requiere un elemento de falsedad, de engaño, de mentira, que lo equipara a la estafa (delito este que, según el propio DRAE, “se caracteriza por el lucro como fin y el engaño o abuso de confianza como medio”).

Llegados a este punto, es donde debo mostrar mi total discrepancia con la afirmación de Juan Manuel de Prada: tras ya más de dos décadas dedicado al asesoramiento fiscal, aún es hoy el día que no he asesorado (y probablemente ya no lo haga, al menos con pleno conocimiento, es decir, sin que también yo mismo sea -o ya haya sido- víctima del engaño) a un defraudador. Mis clientes, como la inmensa mayoría de los que demandan los servicios profesionales de los asesores fiscales, lejos de defraudar, lo que tienen son abundantes y complejas diferencias de criterio con la Administración Tributaria. ¿Por qué? Pues porque, como afirma el reciente documento del REAF-REGAF “Sugerencias para la reforma del sistema fiscal”, “padecemos un auténtico sudoku normativo, habiendo contado más de 400 impactos normativos tributarios en los últimos cinco años”, circunstancia esta que convierte nuestro andamiaje tributario en el escenario idóneo para que surjan por doquier interpretaciones divergentes, siendo así que todas ellas tienen su parte de razón.

¿Discrepar es defraudar? No, en absoluto; no es más que argumentar (con limpieza y transparencia, no torticeramente) una lectura sostenible de la normativa fiscal (en este punto, esta entrada enlaza con lo ya publicado el 26.12.2012). Precisamente por eso, no me puedo creer que, como afirma de Prada en su artículo, “las grandes empresas defraudan 250.000 millones de euros anuales”. No: la lectura adecuada que -aún sin conocer los entresijos del dato, que imagino, se ha extraído de alguna estadística oficial que, por cierto, alimenta este error semántico al englobar todo el resultado recaudatorio del control tributario bajo el confuso epígrafe de “lucha contra el fraude”- me permito hacer es que los grandes contribuyentes (al igual que los medianos y pequeños) mantienen discrepancias con la Administración Tributaria por un importe global relevante, pero ello malamente puede deberse al fraude. Es más, si así lo fuera (y no lo es), nuestras prisiones deberían estar repletas de defraudadores fiscales, cosa que, obviamente, no sucede.

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Javier Gómez Taboada. Abogado tributarista

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6 respuestas a Defraudar

  1. Juan Castro dijo:

    Siempre ameno e interesante. Sólo un apunte a modo de complemento: hemos también de luchar con la imagen de que sólo trabajamos con personas o entidades de elevada capacidad económica, dando por hecho que ellos son los únicos que pueden acceder a nuestros servicios. Afirmación esta, que ayuda a llegar a las conclusiones expuestas por el autor del post sobre cómo el público en general entiende nuestro trabajo.

  2. Ignacio Arráez dijo:

    Interesante como siempre Javier.

    Te añadiría un detalle: no tengo datos empíricos, pero en mi opinión, la elevada presión contributiva y el mal uso de los fondos públicos son un caldo de cultivo no solo para aumentar el fraude, sino para algo mucho más grave: el reproche social hacia el defraudador es menor que otros tiempos. Esto es, el defraudador deja de ser visto como un ladrón, o un estafador, para convertirse en un mero “listillo” para los colegas y familiares. No sé si tienes opinión al respecto.

  3. Gran defensa de la profesión. Las coincidencias aumentan: soy un lector acérrimo de los sueltos de XL Semanal del infrascrito escritor. Tampoco leo sus novelas con habitualidad. Estando totalmente de acuerdo con lo que dices, nuestra suma especialización y hastío existencial-profesional hace que, quizás, le demos importancia supina a cosas que no la tienen. El dato que suelta De Prada a buen seguro está fundamentado en una seudoestadística del fraude manipulada por alguien pero, ¿qué esperamos? La opinión pública se fundamenta, en cualquiera de los conocimientos científicos existentes, en medias verdades o malas interpretaciones. No se puede esperar otra cosa de un mundo tan globalizado y especializado en el que tu hijo tiene un catarro y uno es capaz de mirar en internet qué solución le puede dar, asumiendo una función galena que no le corresponde.
    En definitiva, que como dice la sintonía de mi móvil, lo mejor es asumir la posición de Bob Marley y seguir viviendo: don´t worry about a thing cause every little thing gonna be all right!
    Un abrazo fuerte,
    Esaú

  4. Javier Gómez Taboada dijo:

    Totalmente de acuerdo -Ignacio y Esaú- con vuestras atinadas observaciones. A la puntualización de Ignacio le haría una glosa aclaratoria (si es que procede): el “mal uso de los fondos públicos” creo que no debe identificarse necesariamente con conductas penalmente reprobables como la corrupción… No: el “mal uso” (y éste es el sentido al que creo que acertadamente aludes) es que en España aún tenemos pendiente abrir una reflexión tan pública como transparente sobre el destino del dinero público (el de todos), sobre su optimización, su racionalización, etc, etc.. Mientras sigamos centrándonos en los métodos de ingreso y no en los sistemas de gasto, creo que el análisis está desviado.

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